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Cuando apenas incursionaba en el ámbito de la lectura y la escritura, en esos principios en los cuales escribir la q o la p era considerado difícil, y más para poderlas diferenciar, fue cuando mis pensamientos en cuanto a la lectura la hicieron ver tan sólo como un par de sílabas bien acomodadas, bien pronunciadas y bien entonadas. Tales pensamientos se mantuvieron un par de años, pero conforme éstos pasaron, mis pensamientos sobre la lectura se tornaron para verla como una posibilidad para matar el tiempo libre o para terminar un buen proyecto de la escuela. Y luego cuando por fin mi madre, en sus aires de quiero incluir cultura en la dieta diaria de mis hijos, me entregó mi primer libro (fuera de los de texto para la escuela, claro está), comencé a comerme mi primera delicia literaria.
Cabe mencionar que no recuerdo claramente el título del libro, sólo sé que era un diario de una niña que, en ese momento, tenía mi edad, 8 años. Ella pasaba por lo mismo por lo que yo pasaba y la entendía como llegué a entender a mi mejor amiga.
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Me gustaba cómo esa niña me dejaba entenderla y ponerme en su lugar. Luego descubrí que todo se basaba en la relación del autor con el protagonista. Este vínculo iba a tener un desenlace con el lector y el protagonista, un vínculo que era bello, era una relación infinitamente deliciosa, una relación que aprendí a sostener con cada protagonista de mis libros.
Una relación que ayudaba a afrontar mis problemas o a huir de ellos, en algunos casos, pero que siempre estuvieron y estarán ahí. Una relación fuera de celos, porque con cada libro, abro una puerta y con cada puerta, abro la posibilidad de un amorío con un protagonista distinto.
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